Alguien menor que yo.

Publicado: mayo 5, 2012 en Gay, gay youth, Historias LGBTQ <3

La primera vez que lo ví, iba corriendo sobre la arena detrás de una pelota, con el pelo revuelto por la brisa que soplaba desde el mar y la espalda y las mejillas enrojecidas por el sol. Me llamó la atención  porque era el más alto de los muchachitos que jugaban aquella tarde en la playa y, aparentemente, también el mayor de aquel bullicioso grupo de niños y adolescentes que llegaba cada tarde hasta la playa, frente al hotel en donde mi madre y yo veraneábamos ese año.

Me quedé un  rato parado en la vereda, mirando como si me interesara el desarrollo del partido de fútbol que se jugaba sobre la arena, pero en realidad mis ojos seguían únicamente sus movimientos. Recuerdo que era un día de marzo, como a las cinco de la tarde y que la luna había decidido dejarse ver más temprano y flotaba como una nube redonda en el cielo. Su cuerpo delgado, con brazos y piernas muy largos, su risa fácil y la espontaneidad de sus gritos, me parecieron en ese momento el símbolo de la juventud a la que estaba a punto de  renunciar cuando me casara y me convirtiera definitivamente en un adulto. Pero  además, su cuerpo lampiño que mezclaba la fragilidad del niño con la fuerza del macho en plenitud me fascinaba de una manera que se parecía cada vez más, al deseo.

De pronto, mientras seguía yo observándolo, su mirada se encontró con la mía por un  par de segundos. Sus ojos eran de un extraño color, entre pardo y verde, muy parecidos al color de las aguas del mar cercano. Me asusté — porque pensé que podría darse cuenta de lo que estaba sintiendo– y miré hacia otro lado. El, sin embargo, pareció darse cuenta de mi turbación y  sonrió, con una sonrisa que dibujó una pícara mueca en sus labios, haciendo aparecer unos graciosos hoyuelos sobre sus mejillas.

Decidí que lo mejor era que no siguiera más tiempo parado allí, y continué mi camino hacia la agencia de transportes a donde Claudia debería haber estado por llegar. Fui analizando lo que me había pasado. ¿Qué había visto en él? ¿Acaso me había visto a mi mismo, cuando no tenía ninguna responsabilidad y todo lo que importaba eran los amigos y el mar ? ¿Es que ese chiquillo simbolizaba la libertad  que se terminaría cuando me casara con Claudia? o ¿me engañaba y lo que sentí al verlo había sido deseo?… No, no era la primera vez que la belleza masculina me despertaba extrañas sensaciones. Cuando era un niño, me había pasado horas contemplando a Flavio, el tablista de cabello dorado y eternamente bronceado que corría olas en cerca al Muelle Uno. Bajaba a verlo cada tarde después del colegio y nunca supe bien porqué. Y luego, mientras estudiaba en la Universidad, me las había arreglado para tener tiempo de practicar escalada en  roca, sólo por estar a lado de Jorge, con su cara de niño grande y su cuerpo delgado y fibroso, disfrutando de la tosca  e indudablemente masculina intimidad que había surgido entre nosotros. Sin embargo, nunca había pasado nada y ellos jamás se enteraron de mis confusos sentimientos.

Para no sentirme mal, traté de olvidar lo que había pasado con ese muchacho– después de todo sólo había sido una mirada– y me puse a esperar en la agencia. Como dijeron que el ómnibus llegaría con retraso,  me fui a  dar una vuelta por la plaza de armas y el mercado. Iba caminando por una de las calles llenas de vendedores ambulantes cuando lo vi otra vez. Llevaba un polo blanco muy amplio y unos shorts hechos de un jean cortado. Su pelo castaño, suavemente ondulado, lucía mojado y ordenado debajo de una gorra. Iba comiendo  chicharrones de calamar de un plato descartable. Me detuve a la entrada de una tienda con la intención de verlo pasar sin que se diera cuenta. El parecía caminar sin mirar a ningún lado pero, justo cuando pasaba a dos metros de mi por la calzada, se detuvo, me miró directamente a los ojos y me dijo ¡Hola!. Fue tan  sorpresivo que no atiné a responder y el repitió ¡Hola! Para agregar unos segundos después “Te vi en la playa”. Su voz tenía esa mezcla ambigua de graves y agudos típica de la adolescencia. No supe que hacer, intenté decir algo, las palabras se negaban a subir por mi garganta. “Me llamo Ronald” continuó mientras mordía un pedazo de calamar frito al que había untado previamente en mayonesa. Con un esfuerzo enorme, logré decir casi balbuceando “Mi nombre es Víctor…eh…es un gusto conocerte” y le ofrecí la mano. El, se limpió los dedos sobre el bolsillo posterior de su short y me dio un fuerte apretón de manos acompañado de un inexplicable guiño de ojos. Luego agregó :

“¿Qué haces en el pueblo?”.

 “Estoy de vacaciones”

“¿Vienes de Lima?

“Si, estoy en el Hotel Las Brisas”

“Ah!, por eso estabas en la tarde en la playa, ¿cuando llegaste?

“Hace tres días”

Habíamos empezado a caminar uno al lado del otro por la calle cuyas aceras estaban cubiertas de vendedores de ropa, artículos de plástico y comida, que en ese momento empezaban a encender sus linternas porque el sol ya se ocultaba en el horizonte y el cielo se iba pareciendo cada vez más a un carbón encendido con  trazos de rojo y negro,  que iluminaban a contraluz el contorno de los edificios y dibujaban a nuestra derecha las torres de la iglesia matriz.

Se calló por un instante y luego dijo:

“Me estabas mirando en la playa ¿verdad?”

“No…este…si…pero…”

“No te preocupes, nadie se dio cuenta…sólo yo” añadió mientras volvía a guiñar el ojo y tomaba brevemente mi brazo.

“Es…es que…me parece que juegas muy bien al fútbol” dije, tratando de justificarme de alguna manera.

“Me gustaría ser futbolista…así podría irme a Lima y ganar mucho dinero”

“¿Qué haces aquí?”

“Todavía estoy en el cole. Este año entro a quinto”

“Ah..”

“Y tu ¿qué haces? ¿buscas jugadores para algún Club? Replicó con un toque de ironía.

“No…soy abogado”

“¿Y dónde trabajas?”

“En un Banco”

“¡Que bien!, debes tener plata entonces”

En ese momento pensé que podía querer robarme. Pasábamos por una calle bastante oscura, con pocos vendedores , detrás del mercado y yo llevaba una buena cantidad de dinero en el bolsillo. Soy más fuerte que el pensé pero ¿y si tiene un arma?. No me imagino donde podría ocultarla. A menos que fuera una chaveta y la tuviera en el bolsillo. No, no tiene cara de ladrón. Aunque si lo vieras en Lima, creerías sin duda que es un “pirañita”. No debí decirle que tengo dinero. Debemos volver a la plaza.¡ Claudia!, su carro ya debe haber llegado.

“No te asustes Víctor…no voy a robarte”

“Yo no pensé…”

“Pusiste una cara…”

“Bueno, creo que tengo que volver a la plaza. Ya debe estar por llegar el carro de mi novia”

“¿Tienes novia?”

“Si, nos casamos dentro de dos meses. Ella vino para descansar un poco antes del matrimonio”

“Ah!”

“Bueno…creo que debemos despedirnos”

” ¿Puedo pedirte una cosa?” dijo con una sonrisa entre angelical y maliciosa

“¿Qué?”

“Invítame un vaso de chicha…tengo sed”

Nos acercamos a una de las vendedoras y compré un vaso de chicha morada. El siguió a mi lado hasta llegar a la plaza. El ómnibus estaba allí y pude notar que Claudia y su madre miraban desde la puerta de la agencia. Me dirigí hacia ellas. Ronald se detuvo y dijo como despedida “Nos vemos…mañana, a las cinco…en la playa”.

 Eran las cinco y diez. Ronald estaba sentado en un muro medio derruido, al lado de una de las escaleras que bajaban a la playa. Me vio y me pasó la voz.

“¿Qué hiciste hoy todo el día? , fue lo primero que me dijo.

Le conté del paseo en lancha, de la indisposición de mi madre y le dije que tenía que comprar una botella grande de agua mineral.

“Vamos. Aquí cerca hay una tienda grande”

¿Y tú? ¿No jugaste al fútbol hoy?

“Si, más temprano ”

“¿Y tus amigos?”

“Por ahí, vagando”

“¿Por qué querías verme?”

“No sé…porque me caes bien creo”. Su voz adquirió un tono aniñado en esa última frase y al decirla bajó los ojos y se puso a jugar con el borde de su polo, levantándolo lo suficiente para dejar ver por un instante una tímida línea de vello que bajaba desde su ombligo y se perdía en la cintura elástica de su short verde olivo.

En ese momento sentí por primera vez unas enormes ganas de verlo completamente desnudo, de pasar mis manos sobre su vientre liso, de besar su pecho de formas apenas insinuadas.

Compré el agua y regresamos al hotel. Me contó que a pocas cuadras de allí había una feria, con juegos mecánicos y esas cosas y me dijo para ir.

“No sé”

“¡Vamos!”

“Voy a ver”

“Mira, regreso a las seis y media. Si no estás, bueno pues, caballero. Ya nos vemos otro día. ¿Esta bien? ”

“Bien”

Subí, mi madre se sentía mejor y conversamos un rato. Luego, fui a buscar a Claudia y le dije si quería salir a ver la feria. Me dijo que estaba cansada, que iba a dormir hasta la hora de comer. ” pero, si quieras, anda a dar una vuelta por allí. Yo sé que a ti te gustan esas cosas”.

A las seis y veinticinco bajé . Ronald estaba frente a la puerta. Se veía recién bañado, muy bien peinado y con la ropa perfectamente limpia. Incluso olía a jabón.

“¿Vamos la feria?”

“Si”

Era más o menos la misma hora en que nos habíamos encontrado cerca del mercado el día anterior pero esta vez caminábamos por el malecón y el crepúsculo nos ofrecía un soberbio espectáculo. El mar se había teñido de rojo y dorado, el cielo de violeta y naranja. Todo a nuestro alrededor parecía una película filmada con filtro ámbar, el muelle, las gaviotas, la poca gente que se iba dejando la arena vacía aunque llena de bolsas y botellas. En los restoranes con frente al mar,  la gente bebía cerveza formando alegres y bulliciosos grupos y se dejaba escuchar  una mezcla confusa de ritmos que iban de la tecnocumbia a los boleros. Seguimos caminando y  el malecón terminó. Continuamos nuestro camino por una calle  que bordeaba el farallón que servía de límite a la playa . A los pocos metros, se empezó a escuchar la música típica de la feria de pueblo y también pude ver, no muy lejos, las luces que dibujaban las características siluetas de los juegos mecánicos.

Habíamos hablado muy poco pero yo no podía dejar de mirarlo. Su perfil dibujado contra la luz en fuga resultaba adorable. Una nariz suavemente respingada, labios gruesos y rojos, siempre entreabiertos como anhelando un beso que no llegaba y sus ojos reflejando como un espejo todos los tonos del ocaso .

En ese camino no había nadie. Por un lado, estaban las enormes rocas negras, cubiertas de musgo y excremento de gaviota, por el otro, una larga pared de ladrillo que formaba parte del terreno cercado para un siempre futuro estadio municipal. De trecho en trecho habían montículos de basura.

En mi interior pensé que era una pena haber dejado atrás el maravilloso escenario del malecón. Entonces, de pronto, me tomó la mano y se detuvo.

“¿Qué pasa” pregunté

“Nada” respondió y se acercó hasta que nuestros cuerpos se tocaron.

Lo abracé contra mi pecho, pasé mi mano por su pelo y lo besé. Respondió con pasión, con una intensidad que no esperaba. Mis manos acariciaban su espalda por debajo del polo, mientras el deslizaba las suyas por mi cintura luego de haberme soltado la correa. Nunca había hecho lo que hacía, ni siquiera me había atrevido a soñarlo. Flavio y Jorge habían sido objetos de un deseo sin forma, pero ahora con Ronald, con ese chiquillo al que le doblaba la edad, ese deseo tomaba forma y  ya no podía controlarlo.

Seguimos viéndonos cada día durante una semana. Cuando se acercaba la hora de verlo –el era siempre el que decidía la hora– mi mente trabajaba a máximas revoluciones para inventar una excusa y todo mi cuerpo se tensaba y calentaba a la espera de nuestro encuentro. Y luego, de regreso en el hotel, me sentía sucio, tenía remordimientos, y las pesadillas no me dejaban dormir. Mi madre se daba cuenta de mi sufrimiento, también Claudia y ambas trataron de hacerme sentir mejor diciéndome que no me preocupe del futuro, que todo iba a salir muy bien. Pero yo ya no podía más y estallé.

Les dije todo, les dije que siempre había sentido deseo por otros hombres y  que hacía unos días por fin había hecho realidad esos deseos y había tenido sexo con un muchacho del pueblo. Les dije que me había gustado, que estaba seguro que eso era lo que quería. No les dije que ese muchacho con el que había tenido sexo era casi un niño, no les expliqué nada más y salí corriendo del hotel.

Después de lo que había dicho, después de ver las lagrimas en el rostro de Claudia y  el dolor callado de mi madre, mientras caminaba por el malecón en  medio de la gente que iba y venía, de los vendedores de helados y el barullo de los niños y las aves,  me di cuenta que ya no había marcha atrás, que había llegado a un punto de quiebre y mi vida ya no sería como estaba  planeada, ya no habría iglesia con flores , ni fiesta con Danubio Azul, ni habría viaje de luna de miel por Europa; me di cuenta que ahora me enfrentaba solo a un mundo que me era desconocido. Y todo por un chiquillo, por un adolescente que había despertado mis deseos dormidos y me había hecho ver la verdad de quien yo era. Ahora entendía porqué siempre había sentido que algo faltaba en las relaciones que tuve con mujeres, porqué a Claudia –con todo lo buena que era– jamás pude sentirla como mi complemento, como mi pareja. Yo necesitaba el cuerpo y el alma de otro hombre para ser feliz, mi único posible complemento era masculino. Pero ¿tenía algún futuro con él? Si sus padres se enteraban de lo que había pasado entre nosotros yo podría ir a la cárcel…me había convertido en un corruptor de menores, en un monstruo. No sabía que hacer, me daba miedo pensar en mi mismo como un homosexual, como un pedófilo. Deambulé por el pueblo  toda la noche hasta que amaneció. A esa hora tomé un ómnibus que me llevó a la  capital departamental. Allí me registré en un hotel, me bañe y logré dormir. Al despertar, estaba decidido a arriesgarlo todo, a llevármelo a Lima y a vivir con él. Alquilé un auto y volví al pueblo. Mi madre , Claudia y su madre habían regresado a Lima. No me importó demasiado, sólo esperaba la hora de volver a ver a Ronald, al caer la tarde.

Mientras lo esperaba me di cuenta lo poco que en realidad sabía sobre él. Habíamos hablado de sus sueños, de lo mucho que le gusta el mar y las noches de luna llena, pero no sabía donde o con quien vivía, ni siquiera conocía su apellido. Pensé hacerle todas esas preguntas tan pronto lo viera.

 ¿Y? ¿Qué hay?

La verdad, anoche pasaron muchas cosas

¿Qué? ¿Algo malo?

Si y no…les dije todo a Claudia y a mi madre.

Todo ¿qué?

Les dije que me gustaban los hombres, que tu me gustabas

¿Qué? ¿porqué hiciste eso? ¿No te ibas a casar?

No me importó nada…te quiero, quiero que vengas a Lima conmigo

Sus ojos se iluminaron al oír mis palabras, pero pude notar una ligera mueca de tristeza en su rostro.

Subimos al auto que había alquilado y fuimos hasta una playa un poco lejana del pueblo. Por ratos se comportaba como un niño, totalmente emocionado por la velocidad, alentándome a arriesgarme en las curvas. Hicimos una fogata y pasamos la noche en la playa, haciendo planes sobre como sería todo cuando nos fuéramos a Lima. Sus padres tendrían que darme un poder para inscribirlo en un colegio y para que no hubieran problemas, por eso no debían sospechar. El me dijo que no habría problema, que el les diría que iba a trabajar conmigo. Alquilaría un departamento, mi madre nunca aceptaría que viviera con él en nuestra casa, les diríamos a los vecinos que era mi sobrino. Saldríamos al cine, a la playa , lo pasaríamos muy bien todos los días. La verdad, jamás me sentí tan entusiasmado cuando hacía planes con Claudia sobre nuestra futura vida de casados.

Al amanecer regresamos y el se despidió en el malecón, como siempre, y se fue caminando hacia el farallón, por la ruta que llevaba al parque de diversiones.

Me quedé mirándolo mientras se alejaba, al despedirnos había vuelto a ver en su cara esa mueca de tristeza. Mientras el sol iba llegando hasta el mar, su imagen se fue desvaneciendo como si estuviera hecho de luz  y se disolviera en la claridad que lo invadía todo.

Quedamos de vernos por la tarde, a la cinco como siempre, pero jamás llegó. Lo esperé por horas y entre desilusionado y preocupado empecé a preguntar por el. Los vendedores del malecón me dijeron que no lo habían visto ese día. Pregunté si conocían por donde vivía, pero me dijeron que no sabían, que era nuevo, que había llegado al pueblo hacia apenas una semana. Pensé entonces que el único lugar en donde podrían saber de el, era  el parque de diversiones y allí acudí. Fui hasta la carpa del circo, esa noche si había función. Me acerqué al propietario y le pregunté por un chico que–según creía– dormía en la carpa, seguramente para cuidarla. Me dijo que hacía una semana un chico le había pedido quedarse algunas noches porque no tenía donde dormir. A el le había caído bien y se lo permitió pero ayer por la tarde, agregó, le dijo que tenía que irse y se marchó.

No podía creer que me hubiera ilusionado tanto, que hubiera hechos tantos planes y que todo se terminara así. Seguí buscando, preguntando, indagando por varios días pero finalmente me convencí que Ronald había sido una ilusión, el producto de un hechizo, una criatura que nació del amor entre el mar y la luna  que había sido enviado hasta mi, sólo para hacerme ver cual era realmente mi camino.

Han pasado ya varios años desde entonces, ahora vivo en otro país, con un hombre a quien realmente amo. Es más joven que yo, pero no un adolescente.  Sin embargo, cada año, en Marzo, vuelvo al Perú y viajo hasta aquel pueblo . En las noches de luna llena me quedo mirando el mar hasta que amanece, con la esperanza que algún día Ronald aparezca de nuevo frente a mi

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